martes, 9 de octubre de 2012

Sexualidad


La sexualidad es un aspecto que forma parte intrínseca de la estructura del hombre, es algo que adquirimos desde nuestra concepción en el vientre de nuestra madre. Al unirse los gametos masculinos y femeninos de nuestros padres, éstos ya llevan una carga genética que nos condicionará para el resto de nuestra vida, a pesar de que todavía ni hemos nacido. Los genes que recibimos de nuestros progenitores determinarán nuestro sexo, y todo lo que ello conlleva: manera de pensar, actuar, percibir la realidad, relacionarnos, etc.; aunque esto no nos determine. Cada célula de nuestro organismo tiene esta “marca” genética, de la que aun hoy no nos podemos separar, por esta razón nos afecta a todo nuestro ser.
Las diferencias entre sexos no se dan sólo a nivel genético. Por ejemplo, está claro que nuestra fisiología, nuestra anatomía y sobre todo nuestra psicología son muy distintas. Pongamos algunos ejemplos de esto. A nivel anatómico la principal diferencia que encontramos son los órganos sexuales, estos los podríamos definir como caracteres sexuales primarios, reciben este nombre porque de ellos derivan, ya que la expresión de sus hormonas marca diferencias entre géneros. Los caracteres sexuales secundarios, se expresan debido a la segregación de hormonas al corriente sanguíneo por parte de las glándulas sexuales. Esta expresión también marca diferencias fisiológicas destacables, como el mayor desarrollo de las mamas y el período de la menstruación en las mujeres o el crecimiento de la barba en hombres. A nivel psicológico, las diferencias son palpables a simple vista, la capacidad de decisión, de liderazgo, los gustos, la manera de percibir la realidad, las relaciones sociales, etc., son claramente diferenciables entre hombre y mujer. Se trata de algo presente en toda la naturaleza humana sin dejar nada por impregnar.
Renegar de cualquier parte de estas dimensiones es rechazar de manera frontal a nuestro propio ser, todas ellas forman parte exclusiva de todos y cada uno de nosotros mismos. El rechazo de ellas puede traer consecuencias muy negativas, pero no podemos olvidarnos de la singularidad personal de cada uno, no todos los hombres percibimos la realidad de la misma manera, ni a todas las mujeres le gusta lo mismo, solo destacar que sí que es cierto que podemos reunir ciertas características que son comunes a los individuos del mismo sexo.
Nuestros padres no sólo nos dejan su huella genética y punto. Son los principales responsables de la educación de sus hijos. Desde el punto de vista de la sexualidad, ellos nos transmiten las enseñanzas de los roles sexuales de cada género, aprendemos de su ejemplo. En la actualidad, estos roles están cada vez menos marcados, y se tiende fácilmente a la no-diferenciación que propugna la ideología de género. Años atrás los rasgos sexuales estaban mucho mas marcados que hoy en día. Por ejemplo, en tiempos de nuestros abuelos en un alto porcentaje de los hogares el marido se encargaría del trabajo y de llevar el dinero a casa, mientras su mujer se dedicaría a la atención de los hijos y del hogar. Estos rasgos se podría decir que son tradicionales (naturales pero no exclusivos), desde que el hombre es hombre, con el inicio del bipedismo y los primeros mensajes comunicativos a través del lenguaje simbólico, cada género ha desarrollado sus “tareas”.
Una parte importante de esa educación es la tendencia sexual de los hombres hacia las mujeres y viceversa. Esta enseñanza no es sólo cultural sino que se compone también de un componente natural, original. La corriente actual, como ya hemos comentado, es hacia la no-diferencia entre sexos. Esto puede acarrear graves problemas si no educamos en un ambiente sexual correcto desde pequeños a nuestros hijos. Cada día se ven más imágenes, sobre todo en TV, de parejas del mismo sexo o parejas múltiples, por llamarlas de alguna manera. Esto nos confunde incluso a los que estamos bien educados, porque nuestra tendencia natural es otra. Todo estas “falsas” realidades en cuanto al sexo, tienen un único motivo, y es la primacía del placer. “Lo más importante es vivir el hoy, sin importar lo que vendrá después, sólo placer”. Esto es el resultado de una sociedad cada vez más lejana a la idea de Dios, aunque eso es otro tema.
El hombre está llamado a vivir su sexualidad de manera humana, aunque esto nos parezca obvio, no acabamos de entender todo el transfondo. Si buscamos el placer únicamente, acabamos deshumanizando el sexo. Por eso conductas como la masturbación, la pedofilia, la pornografía, son éticamente reprobables. Por supuesto que el sexo conlleva placer, incluso si se le quita éste y se queda en una mera procreación sin amor, también se deshumaniza. En realidad, la presencia del placer apunta a una realidad más profunda, como es el significado último de la sexualidad
Entonces surge la cuestión, ¿cómo vivo bien mi sexualidad? La respuesta a esta pregunta podría ser: viviendo castamente. “Es casto quien asume conscientemente su sexualidad y la integra bien en su persona”. La castidad, al contrario de lo que muchos piensan, hay que vivirla tanto dentro como fuera del matrimonio. La castidad podría ser definida como el seguimiento continuo de la ley natural a través de los ojos del humano. Me explico. El hombre ha de vivir conforme a su naturaleza, como animal que es, sentirá hambre y deseos como cualquier otro, pero saber controlar esos deseos es lo que nos hace humanos. Somos capaces de reconocer en los otros, a seres que tienen la misma dignidad que nosotros, por eso cualquier acto que actúe contra su voluntad o no se utilice según su propósito inicial, por ejemplo el sexo antes del matrimonio; ya que el sexo representa la entrega total al otro, sin posible devolución, o la masturbación; que es una mera búsqueda de placer, no nos hace vivir según la castidad. La castidad es rama de otras virtudes humanas como es la templanza, por ejemplo. Esta virtud se caracteriza por enseñar al hombre a no sobrepasarse, vivir con delicadeza, pensando en el otro, pero sobre todo a cuidar nuestros sentidos y sentimientos, a hacer siempre lo correcto. Al tratarse de una virtud, debe ser entrenada a diario, no la podemos conseguir de hoy para mañana. La educación en este tema es más que imprescindible, como ya decíamos.
Pero, además, no todo es sexo. La sexualidad afecta por completo, a nuestras relaciones, nuestras capacidades. Ha de integrarse en la búsqueda de valores muchos más altos. La amistad se basa en el conocimiento del otro, conociéndolo, sabemos lo que le puede pasar y le ayudamos. Por supuesto no es lo mismo tratar a un hombre que a una mujer, pero si no sabemos las diferencias entre ellos, seremos incapaces de solucionar los problemas de ambos.
Como tema para concluir podemos afirmar que la educación en la sexualidad es un tema personal (de las personas), pero también hay una corriente de opinión pública que reduce a la sexualidad a una mera opción más donde elegir. Ven la naturaleza humana como un entorpecimiento de su libertad, una limitación a la propia conciencia. Pero esta visión es falsa. Cada cual tiene que contar con su propia naturaleza, no puede rehuir de ella, es algo dado que no se puede cambiar. Existe, en la sociedad actual, un pensamiento falso acerca de la libertad. Muchos creen que ésta es la capacidad de elección, cuantas más opciones podamos escoger, más libres seremos. Pero esto no es cierto, hay cosas que nos vienen dadas, como nuestros padres o nuestra procedencia. Podemos engañar a los demás, y a nosotros mismos, si decimos que somos de Madrid cuando en realidad somos de Valencia.
Un caso muy sonado fue el de una “boda” que se celebró en Girona, en la que se casaron dos hombres, que se sentían mujeres y que además eran lesbianas[1]. Lo escogieron todo: renegaron del sexo biológico para definir de cero su identidad sexual y su orientación sexual. Pero, obviamente no saben ni lo que son, tienen problemas de identidad, no saben exactamente qué es lo que quieren. Es un ejemplo de una libertad que gira sobre sí misma sin rumbo fijo. Este es el problema de la falsa libertad, la libertad consiste en la elección del bien tanto para mí como para los demás.
La sexualidad no es una opción más, es algo que nos afecta a todos y en todo, de ahí la necesidad de una buena educación en ella, para así poder llegar a desarrollarnos en plenitud como personas libres, que saben lo que quieren, lo que es bueno. Entonces es cuando se puede estar verdaderamente comprometido con la sociedad actual.


[1] Ver Aceprensa de 13 de diciembre de 2006 (“La familia transnormal”, por Ignacio Aréchaga)